domingo, 1 de julio de 2012

QUE SI EL AJEDREZ ES UN ARTE


Juan María Solare (Bremen, Alemania) ha enviado este artículo para Escacultura que reproducimos muy gustosamente a continuación:





Que si el ajedrez es un arte
por Juan María Solare

Si el ajedrez es un arte es porque puede transmitir a los espectadores -y a sus protagonistas- cierta energía vital que a su vez puede plasmarse en sus acciones cotidianas. Decir energía implica afirmar que concibo literalmente la belleza como una forma de energía. Una energía sutil o arrolladora, dinámica o potencial, según los casos. Complementariamente: tal belleza no existe en las cosas, sino en el observador. La belleza no es, sino que se percibe.

La belleza asume muchas formas; una de ellas es la que proviene de la profundidad de lo sencillo, de la impresión de perfección. En este sentido puede decirse que -por ejemplo- el binomio de Newton o la demostración de la irracionalidad de raíz cuadrada de 2 son 'bellos'. Comprender estas nociones matemáticas (particularmente por primera vez) nos produce un sano asombro, y cuando hay estremecimiento hay belleza. Del mismo modo, reproducir ciertas partidas de ajedrez de los grandes maestros (o incluso de los no tan grandes pero que han creado partidas de innegable calidad), nos puede producir tal estremecimiento. Un estremecimiento que requiere, eso sí, conocer las reglas del ajedrez - y no me refiero aquí a meramente saber mover las piezas. Cuanto más conozcamos de estrategia, más comprenderemos y disfrutaremos los planes de los maestros, las alternativas que fueron dejadas de lado, lo implícito. Y cuanto más conozcamos las reglas, mejor apreciaremos las excepciones. Esto es claro en el ajedrez, pero también es válido para la música: realmente 'comprender' a fondo la música de Bach no es algo para cualquier mortal. La mayor parte de nosotros intuirá que 'aquí hay algo importante, pero no sé identificar qué es'. Exactamente la misma reacción tendrá un entusiasta del ajedrez al presenciar un duelo entre grandes maestros. No 'comprenderá' todo, pero intuirá cierta belleza. Es suficiente.

La belleza ajedrecística tiene muchas formas, muchos estilos, como también la belleza musical o la pictórica o la cinematográfica. Está la belleza basada en la pirotecnia combinativa (¿por qué no?, y pienso inevitablemente en Tal), la basada en maniobras estratégicas a largo plazo (típicamente Petrosián o Kárpov), incluso algunos momentos donde aflora cierto humor (acaso Nimzowitsch). Hay otra belleza producida al seguir las consideraciones psicológicas en la conducción de la partida (pienso en mucho Lasker, algún Bronstein), incluso las trampas y las 'picardías', a veces la elección de jugadas 'objetivamente' defectuosas pero que atolondran al rival, el permitirle una posición ligeramente ventajosa para que se confíe y baje la guardia. Otro tipo de belleza se basa en observar la lucha en estado casi puro, al ser humano que intenta autoafirmarse contra viento y marea (hay buenos ejemplos en Korchnói).

Estos tipos de belleza, además, son transferibles con bastante facilidad a otras artes, porque la impresión estética -el hecho de percibir belleza, es decir, energía- no depende del medio, del canal de comunicación.

En estas comparaciones es fácil ser demasiado subjetivo. Pero si hay que hablar de pirotecnia en la música (el arte que menos desconozco), pienso inmediatamente en Franz Liszt: a un virtuosismo técnico innegable se le agregaba cierto amor al exhibicionismo. Es interesante destacar que Mark Taimánov (también pianista, como es bien sabido) comparó a Mijaíl Tal con Nicolò Paganini (durante una entrevista con Lev Khariton publicada en febrero de 2003), por "el mismo auto-abandono y fatalismo"; y lo sintomático es que Liszt quiso hacer con el piano lo que Paganini había logrado con el violín (Taimánov compara a Liszt con Fischer por su "monumentalidad", lo cual señala que en estos asuntos no deben superar la condición de alegoría: no es una asociación 'uno a uno'). Si prefiero comparar a Tal con Liszt es porque en ambos hay una enorme dosis de profundidad (una cuidada estrategia a largo plazo) oculta tras la mencionada pirotecnia, y que apuntala el espectáculo que se observa en la superficie.

Ya Sergei Prokófiev (otro ilustre músico y ajedrecista) había comparado a Mozart con Capablanca: la similitud tiene como común denominador la simplicidad: en ambos creadores uno tiene la sensación de que esa partida -esa sinfonía- ha existido desde siempre y que no podía haber sido de otra manera. Mozart y Capablanca no creaban obras, sino arquetipos. Ante ambos (o mejor dicho ante sus mejores creaciones) me pregunto siempre '¿cómo es posible navegar en un lenguaje musical tan trillado -cómo es posible hacer jugadas tan normales y naturales- y sin embargo ser tan original y tan profundo? ¿Cómo es que lo simple, en sus manos, no resulta anodino?'

Un caso peculiar es el de Korchnói: ¿con quién lo compararíamos? Este caso me resulta especialmente importante para sustentar mi osada afirmación inicial que la belleza es una forma de energía. Aquí no se puede ser objetivo, pero si Korchnói representa la lucha contra la adversidad (dentro y fuera del tablero), sus equivalentes musicales, en mi Olimpo personal, son Astor Piazzolla y Freddie Mercury, porque no claudicaron. Cierto que aquí pesan mucho los factores biográficos. Pero también es cierto que, en ocasiones, escuchar su música es una de las pocas cosas que me alejan del suicidio.

Y como ejemplo final, recordemos aquel famoso estudio de Réti con un peón y rey por bando (publicado en el Ostrauer Morgenzeitung, 4 de diciembre de 1921), donde las blancas llegan 'milagrosamente' al empate moviendo su rey en diagonal y manteniendo así dos planes posibles todo el tiempo (frenar al peón rival y apoyar el avance de su propio peón). Este estudio, por la 'inigualable desigualdad' entre escaso material y pluralidad de ideas, me recuerda automáticamente a la música de Anton Webern, donde pocas y bien elegidas notas suscitan una cantidad inesperada de asociaciones e interrelaciones. Es como descubrir la vida oculta del desierto, allí donde uno no esperaría más que rocas y arena.

Juan María Solare
Bremen, 16 y 29 de junio 2012